jueves, 10 de enero de 2008

Los siete Gatos

Nunca se llevaron bien y nunca lo harían.

Sofía y Clara eran dos gemelas tan idénticas físicamente como diferentes por dentro. Nada que ver con ese tópico de conexión casi extrasensorial, de saber que piensa la otra, de comprenderse solo con mirarse y sentirse unida a su hermana de una manera que nadie comprendía.

En este caso nadie comprendía porque no se soportaban.

Eran como dos copos de nieve. Hermosos, casi iguales. Y gélidos. Pero si los miras con lupa son completamente diferentes.

En el caso de ellas la lupa la aplicamos a su interior.


Físicamente se diferenciaban en que Sofía tenía los ojos grandes y del color marrón de la miel espesa. Clara tenía los ojos algo más pequeños, de color gris cementerio.
Además su madre trataba de peinarlas de forma diferente para no confundirlas. En aquél momento Clara tenía su rubio y liso pelo cortado con flequillo y Sofía estaba peinada con raya al lado.

Eran guapas, tenían 10 años y ninguna de las dos tenía cara de niña buena.

Por lo demás, eran exactamente igual: mal genio, muy inteligentes, parlanchinas, envidiosas una con la otra pero adorables con sus amigos. Ambas intentaban molestar a su hermana y ambas requerían el protagonismo que se merecían por encima de la otra. Y además, siempre apretaban los labios con fuerza y enfado.

En una lista de buenos actos de una para con la otra, indiferentemente de quien los hiciera y quien los recibiera, encontraríamos ejemplos como que papa me quiere más que a tí, eres más tonta que yo, no, yo no fuí quien lo rompío y tampoco se quién fue, ya puede caer un avión encima que no te pienso ayudar o abre la puerta que tengo que coger una cosa cerda, asquerosa, gorrina, caraculo.

Sin duda una lista mucho más corta que la de malos actos.


Uno de los peores momentos del año para todos aquellos que las rodeaba eran el cumpleaños.
Sus padres habían intentando lo intentable para que salieran medianamente bien. Celebrarlos en días diferentes, que el padre lo celebrase con una y la madre con otra, hacer una enorme fiesta con las amigas de las dos y mantenerlas a cada lado, los latigazos, atarlas, amordazarlas, envenenarlas, encerrarlas e hipnotizarlas.

Y aún así cada cumpleaños era un suplició de guerra campal entre ambas, un dolor de cabeza a la hora de elegir regalos hasta el punto de regalarles lo mismo a cada una o preguntarles que era especificamente lo que quería para poder hacerlas feliz.

Imposible, no iban a ser felices mientras existiera la otra.


Una fría tarde de diciembre, Clara iba de la mano de su abuela paseando por la calle de vuelta del colegio mientras su hermana estaba en el dentista. Mañana le tocaría a ella, pues llevarlas a la vez no era una opción.

Después de echarle una moneda a la mujer estatua disfrazada de mujer de barro y ver como se movía por un momento y la saludaba para volver a permanecer inmóvil hasta que alguien le echase otra moneda, y de pasar al lado del tipo que tocaba con la trompeta un villancico que nadie conocía llegaron hasta una muy vieja tienda de libros donde, tapando el escaparate, se encontraba una alfombra roja con un tipo disfrazado de paje de los Reyes Magos, sentado en un trono y esperando a que los niños se le sentasen encima pidiéndole algo a los Reyes. Dado el interés por los libros, se encontraba completamente solo y aburrido.


La niña dedició que ese año le pediría algo importante a los Reyes Magos, y sin pensarlo, se fue corriendo a sentarse a las piernas del paje.

IUPITER LUCETIUS, PAJE, TRANSMITE A LOS REYES TUS DESEOS

Bajo ese extraño cartel se sentaba un hombre de rasgos posiblemente iraníes, por decir algo, con una larga barba tan negra como sus profundos ojos. Rondaba los 50 años y tenía unos impresionantes ropajes, no como esos otros que vemos en centros comerciales cansados de esperar a que les de la hora de irse a casa.

- Vengo a por lo de Mi deseo. - Dijo Clara sentándose en sus rodillas.

- Hola pequeña - su voz era calmada y ronca, con acento extraño - ¿Cómo te llamas?

- Clara Lobo Marqués - contestó - ¿Y el tuyo?

- Mmm Lobo Marqués, ¿eh? - entrecerro los ojos como quien mira al horizonte un día soledado - Curioso nombre. Yo soy Iupiter Lucetius, estrella del Príncipe del Mundo. Pero me puedes llamar Júpiter.

- ¿Cómo el dios?

- Digamos que si. Como el dios.

- ¿Y que hace a un dios llegar a ser paje? - La sonrisa de Clara demostraba lo ingeniosa que se creía.

- Un problema de ego - Contestó el paje - Pero cuéntame, ¿cuál es ese, Tu deseo, que quieres que haga llegar a los Reyes Magos?

- Quiero que mi hermana desaparezca - contestó enfadada - quiero que se vaya. Mmmm, quiero cambiarla por 7 gatos negros. Por ejemplo.

- Extraño deseo el tuyo - El paje la observaba fijamente - es un deseo muy serio. ¿Por qué querrías una cosas como esta?

- Es inaguantable - Clara tenía el ceño fruncido - mala, fea, tonta, orgullosa, mala, pesada, me quita los caramelos, me insulta, no la quiero, y es mala. ¿Nunca quisiste que desapareciera un hermano tuyo.

- Si. Unos tres o cuatro - contestó el paje - En fin. Muy bien, es mi trabajo, haré llegar tu deseo a los Reyes Magos. ¿Quieres que lo cumpla alguno en especial?

- ¡Si! - contestó excitada - el negro, que da miedito.

- Así sea - y la bajó de su regazo - Recuerda esto, es importante. La noche de Reyes no importa la leche, ni las galletas. Lo que importa es que dejes una prenda de tu hermana en la ventana, por fuera. Eso es lo que importa y nada más. Ahora vete y cuida a tu abuela.


Doce días faltaban para que los Reyes Magos visitasen a la humanidad y los doce días que pasó por delante de la tienda no volvió a ver al señor Iupiter, había otro pajé, más feo y menos viejo que siempre le decía que ahora solo estaba él y que no habría otro. El nuevo ya sabía que era más feo y menos simpático que el señor Paje de la otra vez y le agradecía a Clara que molestase a otro con su información.

La noche de Reyes Clara se fue pronto a la cama, quería dormirse pronto y que igual de pronto llegase el nuevo día en el que, con suerte, no tendría más hermana.

Sofía se quedó un rato viéndo la televisión con sus padres y se fue a su habitación, la más lejana que había de la habitación de Clara, deseando las buenas noches a todos menos a una.

A altas horas de la madrugada una sombra grande como una montaña y densa, que cubría toda la habitación se presentó en la habitación. Sus ojos eran blancos y horrendos.

- Hola - su voz era profunda como el abismo - Bonito flequillo.

Y se la llevó.


A las 8 en punto de la mañana se levantó y fue corriendo al salón a por sus regalos. Desenvolvió dos libros, un jersey rojo, unos zapatos y un enorme peluche, objeto de discusión y posesión con su hermana.

- AJAJAJAJA - su carcajada triunfal fue lo que quedó en el salón, ella ya estaba corriendo a la habitación de su hermana para regodearse en su triunfo.

Al abrir la puerta, siete gatos negros y un enorme trozo de carbón, llenaban la habitación. Los gatos no se movían y la miraban fijamente.

- Mamaaaaaaaaa - gritó - Hay un montón de gatos en la habitación de Clara.

Y la puerta se cerró bruscamente.

Cuando abrió la puerta su madre, siete enormes gatos negros se estaban comiendo a una de sus hijas.


Nunca se supo que fue de la otra.


FIN


Este cuento se lo dedico a mi hermana, por aquella vez que me quería cambiar por siete gatitos.

1 comentarios:

tu hermana dijo...

Esta guay el cuento, pero yo no te quería cambiar por siete gatitos, yo lo que decía era que prefería tener siete gatitos que tener otro hermano, nuevo, de esos que todavía no nacieron. Gracias por la dedicación. JIji. Moola.